Non voglio mai


Fue un adiós que no dejaba ganas de un después. Como quien no busca y encuentra, apareció a la vuelta de la esquina en un día que parecía ir muy bien. En una estación en la que todo parecía haber retomado un sentido, se hizo obvio que simplemente ya no lo estaba recordando. Fue la alegría de volverlo a ver que me sorprendía, y la obvia verdad amarga de aquel beso seco en la mejilla que no cargaba siquiera unas insulsas contenidas ganas de cariño. Eramos como dos viejos amigos que en su reencuentro se despiden con la promesa usual, y tan conocida que sonaba, de volverse a ver. Puedo asegurar que el sentimiento de querer recordar sobre el otro fue el mismo, y ello nos llevo a "ponernos al día" ocultando la implícita curiosidad, no por mucho, de querer saber que había pasado con los caminos de aquellos corazones que se despidieron tan desbaratados como quien vuelve de una guerra. Y como quien lleva el orgullo como escudo, le hice saber que el mio ya se había reparado por completo, que estaba viéndome con alguien que conocía hace tiempo, alguien que había logrado tener todo mi querer, de hecho como nadie había logrado. Bajó la mirada como quien traga un horrible esbozo, y ahí fue donde me detuve. Sin más que hablar, nos despedimos y a modo símil de algo ya vivido, lo observe marcharse, esta vez con la certeza de que así debía ser. Aunque hubiese deseado no, contuve la franqueza de que aquella persona que tanto afecto generó en mi vida, no era la misma que compartía mi cama, sino que había compartido toda mi felicidad, y todo se resumía a un café de reencuentro.

1 comentario:

Rakel dijo...
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