Bitacora


Sí notas a cada persona que ves por ahí sentada, en la expresión en su frente se puede entrever el peso que lleva, como un tatuaje, de todos aquellos sueños que marcan su alma por cada día que no le dedica. El peso invisible de todo aquello que se le fue negado y le sonrió, conformándose a creer que era una simpleza, y así no asomándose a ver un poco más. Cargo con días en los que quise pasar un rato más en casa, cargo con todos aquellos sentimientos de no ser suficiente a mis anhelos, cargo con afectos y defectos, pero también cargo mis placeres, aquellos de los que acallo y me reservo para mí. Esos placeres que pequeños e inmensos, abarcan todo lo demás, y una vez más me recuerdan de lo inocente que puedo volverme cuando un problema se para delante de mí. La complicación de enfrentarlos, y lo sencillo que resulta mirar al dolor a los ojos cuando nos marchamos sonriendo. No se torna evidente a primer instancia la filosofía de asumir que las cosas pasan, y hay que dejarlas seguir su transcurso, a veces esto se comprende recién cuando el huracán ya se marchó, sin siquiera dar vuelta un papel. Aquella expresión distinta, que demuestra que lo peor ya pasó, todavía no comprendió que volverá, y esta vez tal vez logre recordar que los problemas no son más que lo que son.

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