Bitacora


Sí notas a cada persona que ves por ahí sentada, en la expresión en su frente se puede entrever el peso que lleva, como un tatuaje, de todos aquellos sueños que marcan su alma por cada día que no le dedica. Todo aquello que se le fue negado y le sonrió, asimilando que era una simpleza, así no asomándose a ver más. Cargo con días en los que quise pasar un rato más en casa, cargo con todos aquellos sentimientos de no ser suficiente a mis anhelos, cargo con afectos y defectos, pero también cargo mis placeres, aquellos de los que acallo y me reservo para mí. Esos placeres que pequeños e inmensos, abarcan todo lo demás, y una vez más me recuerdan de lo inocente que puedo volverme cuando un problema se para delante de mí. La complicación de enfrentarlo y lo sencillo que resulta mirarlo a los ojos cuando nos marchamos sonriendo. No se torna evidente a primer instancia la filosofía de asumir que las cosas pasan, y hay que dejarlas ser, a veces se la comprende cuando el huracán ya se marchó, sin siquiera dar vuelta un papel. Aquella expresión distinta, que demuestra que lo peor ya pasó, todavía no comprendió que volverá, y esta vez tal vez logre recordar que los problemas no son más que lo que son.

Nunca te dije


Sí de algo tengo certeza, es de que todo en esta vida corre en ley del efecto de las acciones. Simples acciones tienen un impacto inmenso en el día a día, impensable impacto. Aquella primera vez que pronunciaste mi nombre, todavía la recuerdo, y sigo siendo efecto de ello. Mientras que limpio mi alma de dolores, algunos efectos se vuelven inevitables, se vuelven un hueco profundo y constante, un efecto que sigue impactando. Sí algún día pudiera demostrar como se sienten tus silencios dentro mío, comprenderías como me taja la garganta el sentir que te da lo mismo, que no tenes una simple palabra para buscar que me quede en tus días. Todavía no decido cual fue el impacto que me llevó a crear una imágen muy recurrente sobre como te marchas siempre ante las adversidades. Pero puedo asegurar que siempre preferí irme yo, dar el portazo más fuerte de mi vida y con el enojo en mi frente, no volver a mirar atrás. Porque siempre percibí que de no ser así, siempre serías el que se va, y mientras yo te seguiría amando, me superarías como tu desayuno de la mañana, que sabes que fue bueno, pero ya no lo recordás.

Reencarnar


Sin importar el lugar, en distintos tiempos y espacios retornaban siempre por igual. Algún pecado habían cometido. Sus almas peregrinaban por toda la eternidad reincidiendo de manera constante en las mismas existencias, y para cualquier ser esto era su mártir. En diferentes contextos, pero siempre en la misma historia. Una y otra vez se volvían a conocer. Siempre era ella la primera en verlo, siempre él era quién debía rebuscarse, siempre ella concretaba, siempre él era el primero en jurar amor. Sus sentimientos nacían una y otra vez en nuevos cuerpos sabiendo a recuerdos añejos, de procedencia tanto familiar como desconocida. Sus miradas siempre se volvían a encontrar. Era como pisar sobre el pasto descalza, como el sol cuando pega en la cara, como bailar en la oscuridad, como la luz que ilumina la cocina antes del albor, como el aroma a frío entre pastizales, como reír en la madrugada, como el sol de verano, como un beso de desayuno, como un viaje en carretera, como dar la primer pincelada al lienzo, como escuchar su canción preferida, como todas aquellas sensaciones de las cuales sólo yo sabía. Cada bienvenida sabía a reencuentro, resonaba de toda una vida. Conocía sobre todos y cada uno de sus detalles. Nuestro pecado se había convertido en castigo, el enredo había resultado perfecto.

Mujer


Su madre le enseñó un día a caminar, con la esperanza de que tomara todo lo lindo de este universo para conspirar a su favor como impulso. Como niña pequeña que se sienta con sus piernas abiertas de par en par, fue acostumbrándose a que así no se sientan las nenas, que esas palabras no deben salir de su boca, que el enojo y la ira son cosas que debía reservarse para ella, que esa no es forma de vestirse. Su madre sabía muy bien de los infortunios que tuvo que vivir, no tuvo herramientas que brindarle más que sus propias vivencias. Puedo asegurar que todo lo dedicó por esta pequeña a quién le brindó el mundo a sus pies, le estiró las alas y le demostró en que dirección debía volar. El miedo era una posibilidad, y fue una certeza en tanto abismo. El universo no estaba dispuesto para semejante esplendor, cercenaron su inocencia, no le permitieron deslumbrarse. Nunca toleraron que estuviera segura de sí misma, se cercioraron así de que no fuera una amenaza, fue boicoteada por cada persona que cruzó en sus pasos. Se cansó de la represión, se sentó de la forma que quiso, maldijo a todos exponiendo todo su enojo, se vistió como se le antojó, pero ya no era apta para este universo, nunca tuvo la paz que deseó. Si ser quemada en la hoguera era el precio de su libertad, sabia que ya había ardido en el propio infierno cada día de su vida, y nunca seria semejante.